Ante dos opciones: enfrentar los tratamientos que minaban mi fuerza con dolor infinito, o dejarme fluir, ganó la última.
Ustedes saben que no la entendía, me carcomía por dentro e invadía sin percatarme del todo, en mi cuerpo libraban la batalla los combatientes farmacológicos que atacan parejo y el enemigo atroz, que lucha con todo su poder contra sus contrincantes y, casi siempre, gana.
Aquella batalla transparentó mi paulatina fatiga y fulminante ansia al sentir cómo se van las fuerzas y las ganas de luchar, además de su pesar e impotencia.

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